Y allí estaba el ex alcalde Rafael Carrión Álvarez, en apariencia muy nervioso, haciendo antesala en el Orfis, allá en Xalapa. A su lado, una maleta a la que se mantenía esposado… curioso cual naturaleza propia de todo buen reportero, nos acercamos a preguntarle:
–Don Rafael, ¿qué hace por aquí? ¡Yo lo hacía en Islas Caimán!
–Vengo a ver a Mauricio Audirac…
–¿Y por qué está tan nervioso?
–¿Nervioso? ¡Para nada! ¿Por qué lo dices?
–Veo desde hace rato que se está comiendo las uñas…
–Pero no es por nerviosismo…
–¿Por higiene?
–¡Tampoco! Es por apariencia…
–¡Ah! ¡Para verse bien!
–No, es para que no parezca que soy uña larga… ya ves que los contadores en todo se fijan…
–Ya entendí… ¿y esa maleta?
–¡Ni la toques!
–¿Es una bomba?
–No, pero por si las moscas… no confío en los reporteros… ¡son peor que los Zetas!
–¿Y eso?
–No supiste que extorsionan a los alcaldes…
–¿Los Zetas?
–¡No! ¡Los reporteros!
–Bueno… pero usted es ex alcalde… ya no sufre esas persecuciones…
–¡Como jijos no! Ahora ya no me persiguen periodistas, me persigue el Orfis, el Congreso ¡y hasta la alcaldesa!
–¡No me diga que tiene miedo!
–Pues pa’ qué te digo que no, ¡si sí!
–Pero el que nada debe, nada teme…
–¡Ahí está lo malo! ¡Quedé a deber!
–¿Cuánto?
–Nada más ocho millones de pesos…
–¡Ah! Ya entiendo… ¡en esa maleta trae la lana!
–¡No! Si la lana ya la devolví… ¡pero me habló Marina que no sabe nada de nada de la lana!
–¿Cómo?
–Sí… pues echaron al vuelo las campanas, se hizo mucha alharaca y nada…
–¿Entonces viene a hablar con Audirac para ver qué pasó con la lana?
–¡Exacto!
–¡Mmmm! ¿Y no cree que esté jineteando?
–Pues no creo… me dijeron que estaba en su oficina, además, no hay caballo que lo aguante…
–Me refiero a que si no estará jineteando la lana que usted le dio…
–¡Cómo crees! Audirac es una persona decente, honrada, finísima… oye… ¿tú crees que lo esté jineteando?
–¡Era una broma! Pero… ¡pase! Ya lo están esperando…
Quise esperar la respuesta del titular del Orfis al ex alcalde de San Andrés y me senté a esperarlo. A la media hora salía con cara de preocupado, tenso y con su pasaporte en mano.
–¿Qué pasó, don Rafa? ¿Se aclararon sus dudas? ¿Se siente mal? Lo veo pálido… ¿acaso le bajó la presión?
–¡No! ¡No me bajó la presión! ¡Me bajó los ocho millones de pesos!
Ya no dije nada… Rafael Carrión acababa de conocer a alguien más peligroso que cualquier periodista, que cualquier Zeta… ¡el Orfis! Aunque el único consuelo que le quedaba era que había logrado cien años de perdón